miércoles, 17 de mayo de 2017

Los 7 días que pasé en Sevilla






Dentro de poco hace un mes que Atreyu (él odia que lo llame así) cumplió 22 años. Como regalo me invitó él a merendar. Es una de esas personas con bondad insoportable. Como no tuve la ocasión de hacerle un regalo decente, lo vamos a posponer; y en la espera le he escrito. No he contado como es él, no se parece para nada a una conversación que pudiéramos tener. Pero la esencia es la misma. Supongo que para eso escribimos, para ocultar la absoluta verdad en la máscara de la metáfora.






Me dices que quieres leer algo de Pessoa. Que vas a buscar en aquella nueva feria del libro de ocasión; algún ejemplar que te cure los males.

- Con lo que tardas en leer- te respondo- quizás ya se haya solucionado el problema antes de encontrar la solución.

Me miras despeinado, con los ojos entrecerrados haces una pequeña mueca y acercas la taza de té a la boca. Que tengo razón, me dices. Como siempre. Que es un horror la necesidad de comprar libros pese a que nuestra estantería esté llena de algunos sin tocar. No son camisetas, exclamas, ¡están llenos de vida, de lo que alguien es y siente! Tú antes sabías leer. Ahora sabes pasar los ojos por el papel.

- Como todos, supongo. Estamos sumidos en esta tierra de nadie, en el olimpo de mediocridad.

Quieres saber que por qué suelto frases literarias si solo estoy hablando contigo. Mi orgullo de escribiente. La necesidad de que todos sepan que yo tengo algo dentro brillante y lleno de calidez. Necesito que lo sepan. Quiero que todos lo sepan. No soporto que me digas esas cosas, afirmas señalando el gesto que pongo. Inevitable.

- No sé de qué hablas. Yo estoy con la misma cara que hace un minuto.

Y te ríes y me dices que tengo que poner la sensibilidad en lo que escribo y no en lo que vivo.
Eso es una soberana estupidez. Yo soy como soy en todos los ámbitos de mi vida. No es verdad porque me viene por épocas. A veces comprendo tanto al otro que lo machaco porque me veo en él y lo odio. Pero eso también son síntomas de mi egocentrismo.

- Madre mía, cómo estamos tan temprano. ¿Qué te parece decirme algo bonito?

Que no me haga la víctima. Me irritas. Que ya hay mucha gente que me come la oreja por esas cuatro palabras que plasmo en un papel. A ti todo eso te da igual, valoras otras cosas. ¿De qué sirve ser un artista en la obra si luego en la vida real te pudres? Para el amor propio, me atacas.

- A ver, a ti te pasa algo. No es normal este paquete de palabras que tienes destinadas a mí.

Que no es conmigo, que es con la vida en general. Encoges los hombros mientras sacas de la maleta una caja de cigarros. Esta semana te das un capricho, que estás cansado de liar.

- Además, lo haces fatal- apunto.

Pues mejor que yo. Coges el pitillo, le das un toque con él a la mesa. Supongo que lo habrás visto en alguna película. Te lo llevas a la boca y maldices porque no tienes mechero. En las sillas de al lado un señor de unos sesenta años tiene un mechero a la vista. También un periódico y la cartera. Le pides el primero. Me planteo cómo sería pedirle el periódico o la cartera. Las costumbres, saliva del ser humano. Enciendes el cigarro, das las gracias. Te desplomas sobre la silla. Estás reventado, llevas los exámenes fatal, tu ex sigue enamorada de ti y te manda mensajes de madrugada.

- Yo la imaginaba más original.

Para nada, me replicas. Me recuerdas un par de casos que rozaba el tópico más absoluto. Me alegas también que mis decisiones no tienen nada que envidiar a las suyas. Que buscamos nuestras propias desgracias.

- Ah no, qué va. Yo ahora voy a ser feliz. Este mes me toca, ¿en qué estamos? ¿Mayo? Sabes que en mayo siempre triunfé.

Bromeas diciendo que solo puedo decir eso por selectividad. Pero en cierta medida, nos gusta que nos vaya mal. Porque si no, ¿de qué hablaríamos mientras tomamos algo? ¿De lo felices que somos? Para algo inventaron las redes sociales -aunque tú ni las mires-, o las noches mirando al techo. Podemos estar tristes juntos. Se está más calentito. Alternas el cigarro y el té. Te miro y me salvas. Con nada, solo por los años que nos pesan. Porque eres capaz de decirme lo peor, sacando lo mejor. Solo tú y los que como tú; no escuchan las historias. Las han vivido conmigo. Me salvas porque es martes a las cuatro de la tarde y tengo que pasar toda la tarde entre fórmulas. Este rato sin pasión pero con pureza hace que todo -desde la silla del bareto que encontramos por casualidad-, sea de la misma forma: diferente.

- Oye, que te quiero.
- Vaya por dios- me dices con exagerado sarcasmo, y sé que tú también.

domingo, 23 de abril de 2017

Trabajo TRANSMEDIA

Querído Augusto:

He estado todo este tiempo pensando, planteándome cuál era el problema y por qué no podía llevar a cabo mis sueños de forma natural y desarrollada. Después de debatir, sentada en la soledad silenciosa del que no comprende, he llegado a una conclusión. 

Se me exige como ser humano (y ante todo como mujer) un requisito indispensable: que sea hermosa. No se me pide que tenga sensibilidad para comprender el arte, ni empatía para comprender el sufrimiento del otro, tampoco inteligencia para utilizar menos tiempos y recursos. Mi existencia y utilidad quedan basadas en una belleza (en muchas ocasiones inalcanzable). 

La desgracia que me ocupa es precisamente que no he llegado tiempo para ser guapa. Durante muchos años he cambiado todo lo que me fue físicamente posible cambiar (mis brazos raquíticos ahora muestran las curvas del club de tenis, mis piernas delgadas tienen la suficiente fuerza como para llegar al monte más inhóspito de la ciudad, mi tez está saturada de cremas naturales, y mi pelo perfectamente ordenado, planchado y nutrido con las mejores marcas de cosméticos). La pregunta es, ¿me sirve todo esto? ¿He podido llegar a algún lado dedicando mi esfuerzo y tiempo a descubrir que soy imperfecta? No. Solo me ha impedido caminar en otras direcciones. 

No creas que voy a entristecerme y a quedarme inmóvil en el sofá, viendo en los programas televisivos como otra gente obtiene una fama sin haber trabajado por ella. Yo tuve la suerte de contar con un apoyo inmenso y he de devolver toda la energía puesta en el cariño de quererme. Estoy hablando de ella, que desde que aún era pequeña y ya destacaba por mi "mayor defecto" siempre tuvo la capacidad de hacer oídos sordos. No solo ignorar, también defenderme con argumentos y con el más sincero amor que una madre tiene reservado para sus hijos. Por esto, no me atrevo a conformarme con mi incapacidad. Digo mía pero no lo es. Es vuestra, sale de vosotros en mi dirección. Es inmerecida y no la pienso asumir con la cabeza agachada. No voy a permitir que este circo en el que me metisteis sin preguntar, me impida llegar a lo más alto.

Además, con el tamaño que tienen mis orejas, si las extiendo de forma correcta, quien sabe si podré llegar a volar. 
Ícaro se moriría de envidia. 



sábado, 17 de diciembre de 2016

Los jardines

Nos sentamos en la fuente alargada del parque. La intención primaria era refrescarme los pies. La principal, consumar la más certera de mis decisiones. La que me daría alas, al menos momentáneamente.

Él me estaba irritando con su inestabilidad emocional. No por la situación, sino por la esencia que desprendía. Mientras yo balanceaba los pies -metida en el vestido que más tarde se llevaría Natalia y jamás volvería a ver- él bordeaba la fuente con un exagerado aspaviento de brazos. Yo pensé "es increíble lo ridículo que parece desde esta perspectiva". Era como si a un personaje de cómic le decoraran el pecho fornido con un babero para no mancharse al comer. Era como una niña que apenas sabe correr y discute por pintarse sola las uñas de las manos. Y se enfada porque no sabe hacerlo sola.
Él me daba la espalda. Había cogido su mochila y parecía concentrado en escapar de mí.

- ¿Qué haces?- dije asqueada- por favor, ven aquí.

Él giró la cabeza con una pose artística. Frunció el ceño y con media sonrisa, aparentemente muy practicada; giró el trono y se dirigió hacia mí. Otra vez con los brazos en sentido horizontal.

- Estoy bordeando la fuente- me respondió. Ahora voy.

Caminaba lentamente y yo ya había decidido sacar un libro en francés de segunda mano que acababa de comprar. Eran poemas y no entendía ni una palabra.

- No te quiero- no le dije- De hecho, no te quiero ni a ti ni a mí después de ti. De hecho, ojalá yo nos enterrara como somos ahora. Eres estúpido, un crío y piensas que soy una mujer indefensa y fuerte que va a salvarte la vida. Pero como te caigas a la fuente me voy a levantar y a irme.

Dio el último paso hasta llegar a mí. Metí el libro en el bolso y recogí mis piernas. Tiré todo a la fuente. Con un gesto ágil, él alargó el brazo y salvó lo que pudo. El libro estaba mojado.

- Vamos a abrirlo y a ponerlo a secar. No creo que tarde mucho, con el calor que hace.

Mi cara desprendía tristeza.
- Siéntate- le dije. Titubeó un instante y finalmente se sentó.

- No quiero seguir con esto- empecé- No quiero seguir con esto porque me hace mal -mis palabras empezaban a contener emoción- Has sacado algo muy negativo de mí y... y -empezaron las lágrimas- estoy feliz porque he aprendido mucho. Y por primera vez en mi vida estoy segura de que no quiero algo. No quiero seguir con esto. 

Comencé a llorar sonriente. Él también se puso a llorar, con el rostro serio.

- Para mí esto no ha acabado- dijo.
- Pero para mí sí- le corté.
- No, no puede ser así... No me lo creo. No puede ser. Quiero besarte, de hecho: voy a besarte.

Me agarró la cara y me dio un beso. Yo seguía llorando la sonrisa. Fue el último beso que me dio. Un beso tristísimo, porque para mí ya no era un beso: era un choque de piel.

- Quiero que sigamos siendo amigos- me pidió.
- Claro- dije levantándome- podemos seguir hablando. 

Pero mentí. Al menos ahora sé que es mentira. Estoy completamente segura de que no puedo reírme de su simpleza después de que se burlara moviendo el culo en dirección al otro lado de la fuente. Sigo teniendo la imagen de esas piernas contoneándose. Izquierda y derecha. Continúo sentada sin poder hacer nada ante su baile.
Él no se fue cuando hice caer mis poemas en francés. Él trató de salvarlos. Como si importaran, como si el agua pudiera desinfectar los órganos vitales. De todos modos, las páginas están arrugadas.
No volveré a abrir aquel libro.

lunes, 5 de diciembre de 2016

1 de diciembre, A Coruña















"¿Cuál es nuestro capítulo? ¿Hemos pasado ya el desenlace o aún seguimos conociendo las facetas de los personajes? ¿Cuál es la parte en la que tú me besas o aquella en la que te rescataba de un secuestro diabólico tras haber conseguido salvarme la vida?
Aún no me identifico con la personalidad de ninguno de los protagonistas y no los posiciono dentro de toda esta historia, y sin embargo los ojos se me iluminan cuando leo sobre las hadas, los barcos pirata, los niños perdidos o las sirenas porque sin duda nos hacen una descripción extraordinaria.

Otras veces leemos poemas en los que te bañas un rato y yo no soy capaz de sumergirme, el agua es demasiado turbia y ponemos nuestro empeño en comprendernos, subiendo a lo ideal, pero lo humano siempre nos mancha.
Recuerda algún monólogo en el que tú decías que la relaciones siempre son difíciles y yo pensaba en el tiempo putrefacto que se olvida en un rincón cuando las cosas son accesibles, las personas son accesibles y ya no hay que demostrar nada, no importa aprovechar nada.

Comienza la segunda parte aunque quizás relea la primera, marcando algunas guías, las que siempre me han ayudado a ser quien soy hoy, las que ayer te gustaban y hoy nos hacen esconder."


Por siempre, hasta el domingo. 


martes, 6 de septiembre de 2016

Introducción a la sequía

Lo que menos me gustó del viaje al centro de tu tierra no fue encontrar todo ese campo sin arar. No fue toda esa arenilla maltrecha; deseosa de sol, de agua, de abono natural. Te aseguro que me habría sentado a la sombra de un ciprés -alargada o no-, esperando a que trajeras materiales para que juntos pudiéramos teñir de verde el marrón.

Lo que menos me gustó fue que no quisieras; fue que me increparas que estaba ahí sentada. Que escupieras tanta exclamación sobre mis piernas ¡Habría sido tan sencillo exponerlas sobre el campo! Nos habríamos ahorrado meses de hidratación.

¡Me dejas el trabajo sucio!” decías. Manchabas mis rodillas de saliva templada. El calor me derretía. “¿No hay ninguna casa cerca? ¿No hay arroyos?” susurraba mi voz alicaída. Tú me fruncías el ceño hasta que todo tu pelo anegaba tu rostro. Ya no encontraba ojos ni boca. No tenía claro a quién dirigirme, por eso impulsé mi cuerpo a levantarme…


Y estando de pie, te pusiste a llorar, a sudar, a regar lo que ya estaba empantanado de nuestro barro, dejando -tras de ti- la peor de las cosechas.

http://www.louievanpatten.com/


miércoles, 17 de agosto de 2016


Esos conflictos deberían haberse solucionado cuando aún se podían acunar, manchaban todo de babas y gateaban por el salón.
Ahora es muy diferente.Visten traje y corbata, se defienden con amplio léxico y tienen la voz ronca de fumar.
Están tan desarrollados que a veces se sientan sobre mi cabeza y van dirigiendo las piernas. Seducen a mi razón con esa barba perfectamente afeitada y desbancan al optimismo gracias al dulce olor que desprenden. Tras ese perfume se encuentra lo putrefacto de mis luchas no ganadas. Esos ataques que intenté propinarle sola, completamente sola; mientras otros lo alimentaban a base de ignorarlo, de restarle importancia o de miedo a enfrentarlo.
¿Somos todos igual de culpables de su desarrollo? Es la situación la que le dio a luz, la sociedad la que lo ha alimentado y yo la incapaz de ahogarlo cuando -aún ahora- nos miramos en la bañera.