martes, 22 de agosto de 2017

Julio Cortázar y Joseph Lorusso

LOS AMANTES




¿Quién los ve andar por la ciudad
si todos están ciegos?
Ellos se toman de la mano: algo habla
entre sus dedos, lenguas dulces
lamen la húmeda palma, corren por las falanges,
y arriba está la noche llena de ojos.
hacia muertes de césped, hacia puertos
que se abren entre sábanas.
Todo se desordena a través de ellos,
todo encuentra su cifra escamoteada;
pero ellos ni siquiera saben
que mientras ruedan en su amarga arena
hay una pausa en la obra de la nada,
el tigre es un jardín que juega.
empiezan a salir los ciegos,
el ministerio abre sus puertas.
Los amantes rendidos se miran y se tocan
una vez más antes de oler el día.
Y es sólo entonces
cuando están muertos, cuando están vestidos,
que la ciudad los recupera hipócrita
y les impone los deberes cotidianos.
Son los amantes, su isla flota a la deriva
Amanece en los carros de basura,
Ya están vestidos, ya se van por la calle.


ESTA TERNURA


Esta ternura y estas manos libres, 
¿a quién darlas bajo el viento? Tanto arroz 
para la zorra, y en medio del llamado 
la ansiedad de esa puerta abierta para nadie. 
Hicimos pan tan blanco 
para bocas ya muertas que aceptaban 
solamente una luna de colmillo, el té 
frío de la vela la alba. 
Tocamos instrumentos para la ciega cólera 
de sombras y sombreros olvidados. Nos quedamos 
con los presentes ordenados en una mesa inútil, 
y fue preciso beber la sidra caliente 
en la vergüenza de la medianoche. 
Entonces, ¿nadie quiere esto, 
nadie?



HABLEN, TIENEN TRES MINUTOS

 
De vuelta del paseo
donde junté una florecita para tenerte        
entre mis dedos un momento,
y bebí una botellas de Beaujolais,
para bajar al pozo donde bailaba un oso luna,
en la penumbra dorada de la lámpara      
cuelgo mi piel y sé que estaré solo en la ciudad
más poblada del mundo
.
       
Excusarás este balance histérico,      
entre fuga a la rata y queja de morfina,
teniendo en cuenta que hace frío,      
llueve sobre mi taza de café
,
y en cada medialuna
la humedad alisa sus patitas de esponja.
       
Máxime sabiendo que pienso en ti      obstinadamente,
como una ciega máquina, como la cifra que repite
interminablemente el gongo de la fiebre
el loco que cobija su paloma en la mano,      
acariciándola hora a hora
hasta mezclar los dedos y las plumas
en una sola miga de ternura.
       
Creo que sospecharás esto que ocurre,
como yo te presiento a la distancia en tu ciudad,
volviendo del paseo donde quizá juntases
la misma florecita
, un poco por botánica,
un poco porque aquí,
porque es preciso
que no estemos tan solos,      
que nos demos un pétalo, 

aunque sea un pasito, una pelusa.        


EL NIÑO BUENO


No sabré desatarme los zapatos y dejar que la ciudad me muerda los pies
no me emborracharé bajo los puentes, no cometeré faltas de estilo.
Acepto este destino de camisas planchadas,
llego a tiempo a los cines, cedo mi asiento a las señoras.
El largo desarreglo de los sentidos me va mal. Opto
por el dentífrico y las toallas. Me vacuno.
Mira qué pobre amante, incapaz de meterse en una fuente
para traerte un pescadito rojo

bajo la rabia de gendarmes y niñeras.




martes, 8 de agosto de 2017

Brújula 1





En el momento en el que pregunta deja de ser tan estúpido como aparentaba.
Es el movimiento que le marcan sus cuestiones por el cuerpo
el que le hizo llegar hasta este salón de piso alquilado
donde fumamos y bebemos, cantamos, escuchamos
el ruido de nuestro recitar
de nuestras ideas, aparentando
fingiendo ser quienes creemos que queremos ser

¡Maldita sea! 
se queja
mirando el vaso vacío que de una patada tira
ya sabía que iba a acabar en el suelo
manchando la alfombra con nuestra presencia.

A cada silencio que pronuncia miles de pensamientos lo esclavizan
trayéndolo, llevándolo
lejos de la ciudad contaminada por ruidos tóxicos
ahora esta en otra parte:
en el canto de mirlo cuando lo mandan callar
en el olor a cerveza de su padre cuando antes de dormir
sin vergüenza y orgulloso
se acercaba a la cama a besarle en la mejilla
a desearle el sueño
el aún no sabe cuál es
bajara entre no sé qué química 
y la docencia
(porque uno de ellos puede salvar a tantos de nosotros).

Quiere que le hablen claro
 porque no entiende la manía generalizada de camuflarlo todo
y en lugar de esconderse en la trinchera sale con el pelo despeinado
y se pregunta
¿qué me dicen
estos tanques
con todas sus armas?

No está preparado para morir,
menos que nosotros.
La sola idea le cava un hoyo en la frente
y hace que se arrugue.
Por eso se mata a vivir,
me jura -con la voz quebrada de niño-,
que quiere abarcar tantos años como para aburrirse.

Se tumba en la cama solo para mirar el cielo
me enseña canciones de rap que no me agradan
y comenta cómo diría Schopenhauer que somos idiotas.

Nunca se queda a dormir
(tiene alergia a los ácaros)
aunque más de una noche me rescató
de acabar perdida entre las calles de Santiago.
Y yo a él también,
entre discusiones feministas y ese deseo suyo de seguir pensando
aunque duela. Porque duele.
El remedio es tratar de extraerle con precisión
lo que de su cabeza nace
antes de que el silencio se lo lleve a mendigar pensamientos.

Pone la expresión de Rimbaud,
parece un enfant terrible y él no lo soporta.
Se comporta como un estadounidense avergonzado de hablar inglés.
Es demasiado precioso como para creérselo
demasiado humilde como para seguir nadando en una piscina de competición.
Cuando lo hace, asegura que vuela.

Ya le echo de menos, le echaré de menos más.
Su conversación de salvavidas
sus ojos inmensos
ese don de ser insoportable y encantador en la misma frase.

Ya le echo de menos, le echaré de menos más
¿cómo no extrañar uno al mar?
Si él puso playa a Santiago
desde aquí se oyen sus conchas respirar:
La voz de las olas de A Coruña

el sonido que produce al hablar.

domingo, 6 de agosto de 2017

Ruptura 4


"Adoro la ambivalencia poética de una cicatriz, que tiene dos mensajes: Aquí dolióaquí sanó".

Louise Madeira



En tu vida estuviste cantando de madrugada con alguien capaz de redondear los vértices. 
Jamás supiste valorar que pudiera llorar contigo, que me desplumara las alas para hacerte cosquillas.
No quisiste ver a través de la ventana, el sol invocado por mi calor.
El cielo me escuchaba atentamente.
Las huellas se hundían en la tierra mojada de una caja para niños. 
Yo estaba preparada para despegar, para despintarme estos colores sepia. 
Te habría fabricado la espalda con mis manos,  lo sabías. 
Hacías como que lo normal era que te soplaran la mota de pólvora para mirar a tus ojos, disimulabas paseando por mi cuarto de madera. 
Te sentabas nervioso en la mesa, en la cama
Eras lo superlativo de amable aunque sabías que yo me crié con la tortuga (de Momo) interminable. Intuías que bajo mi ropa había veintiún cuentos, querías ver los dibujos pero ansiabas que yo no los leyera en alto.
Al oído, despacio
Tan lento que me quedé afónica y ya no sabremos el final, ni podremos volver a cantar de madrugada mientras 
con delicadeza, 
redondeo tus vértices.