lunes, 9 de mayo de 2016

El traje nuevo del emperador (no hace falta, tengo más complementos)

Estoy escribiendo porque me parece una injusticia e irresponsabilidad el  continuar no haciéndolo.
Mi querido Fregocre tiene un cuaderno tan ordenado y limpio que me ha dado mucha envidia. 

En ciertas narraciones infantiles el protagonista se ve afectado por poner en duda alguna evidencia. La paradoja de esa situación hace que el personaje se caiga sobre sí mismo. ¿Dónde acabará el precipicio? ¿Cómo volverá a subir?
En mi caso también fue así. Me vi ante palabras repetidas, que se borraban dejando al descubierto una ridícula desnudez.

Tras el suceso, mi seguridad brilló por su ausencia y me sentí obligada a no volver a salir al reino. Sonrojada por el propio disparate que me había permitido cometer. En realidad nunca he escrito demasiado bien. Vaya. Estas palabras estás muy mal formadas, esta expresión no alcanza lo que quieres decir. No entiendo ¿Por qué nadie dijo nada? ¿a qué he dedicado todos estos años? Hasta llegar al punto de ¿dónde estoy? ¿qué hago?

Lo peor no es haberlo descubierto. Sin duda, es haberme dejado llevar por emociones poco racionales. se me ha atascado la idea de que mi decisión no fue nacer siendo estrella; sino aprender a mostrar lo que dentro de mí flotaba. Eso a veces cuesta un poco, cuesta un poco pero se disfruta mucho (como diría la madre de Claudia en la obra de teatro que representará La Carraca el jueves).

Dicho esto, me voy a obligar a escribir al menos semanalmente una entrada en mi precioso baile. Me daré muchos besos si tropiezo con los pies. Merece la pena cuando el objetivo es aprender y no colorearse con purpurinas.

Nos leemos pronto. Os dejo un achuchón que me ha dejado un trabajo de Periodismo Especializado.
 No había tenido tiempo de leer Cien años de soledad, pero Matilde, su mujer, que lo había leído en Montevideo, le insistía cada momento: “Tienes que leerla, Pablo, es una gran novela. Tienes que leerla”. En esos días Neruda llegó a Manizales para el Festival de Teatro. Los periodistas le preguntaron su opinión sobre mi libro. Tranquilamente dijo: “Es la mejor novela que se ha escrito en español después de El Quijote“. (La frase hizo carrera). Al volver a su hotel, Pablo le dijo a Matilde: “¡Tienes que conseguirme ese libro, porque me acabo de meter en la grande!”. Para mí, lo importante es que Pablo leyó el libro y jamás rectificó su concepto de Manizales.
Enternecen.