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jueves, 14 de mayo de 2015

Abdución psicoquinésica de Claudia para humano

¿Quién niega que mi estado de hoy es una rotura de la caricia de ayer?

Tres cortes que sesgan. Un vértice común en el que maquillo el llanto.

La primera caricia fue con las uñas. Me separó de la voz de ciruela. Dos. Caprichos divididos en la incomprensión de unas manos de papel que no temen las olas. Piel blanca en media risa. Mil noches con vaso en mano en la que ella no estaba pero estaba. Arrebatándome mi paz domesticada, sentando su plenitud a los pies de la cama. El pelo derramado mientras entrecierro los ojos. Me regalaste un motivo por el que morir antes de mi tercer nacimiento.

La segunda fue una rebanada que rompió mis manos en dos. Mi cuerpo nunca se recuperó.
La voz pausada ahora se redescubre en un grito traidor. Escucho el goteo de su ansia. Imito movimientos que su hilo me ordena porque soy esclava de nosotras. Me enrojeces. Me enrojeces en los vómitos de tu boca y en la opresión de tu puño. No quiero mirar tu espasmo lleno de nada. No quiero escuchar tu carcajada que miente. Tu nariz se ahogaría en el rodeo hacia tu garganta. Manchas de rojo vasos que tu piel no puede disimular. Desordenas cada estrago del naufragio. Te avergüenzas. Hemos descubierto un refugio sin cocina.

El otro pedazo de mano -meñique incluido- se lo dí de comer a una orca torpe. Tú. Te has postrado frente a la masa y has sentenciado una perfecta lista de cosas que sólo existen ahí donde tú puedes ver. Qué difícil es preguntar a cambio de un beso de cristal. Qué sencillo es una ventana metálica para que brillen mis huesos al mirar. Tienes una cabeza tan enorme que has tenido que esconderte detrás del vicio limpio. Cerrando la puerta tras de ti te has subido a una alfombra mágica que no puede volar. Nos has regalado turbantes de seda y perlas. No te pienso arrebatar las alas, pero asume que es decoración de la casa y no un pájaro. La faraona se ha burlado de los gatos que tú casi pariste. Ahora es romana y lleva sandalias. La lluvia resguarda de la dura caída. Tozos de café por todo el cielo.


No, no me habéis robado más que el regalo que me dais. En las flores empecé a ver un brillo dorado que ahora idealizo pero es mentira. Si es de ayer ya no me sirve. El manto que compartimos me dejó completamente desnuda ante una flota salvavidas que poco conocía los icebergs. Mendiga recostada en cuentos digitales. Alzo la mano a una limosna que lee cosas que no comprende. Me habéis lanzado acantilado abajo, piedras arriba y aún conservo respiración con cuatro dedos para escribir que si el amor no existe mi vida ha sido diseccionada por una rana verde.  

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