domingo, 8 de febrero de 2015

Historia de cronopios y famas
               "El chico naranja"


¿Cómo es el chico naranja? 
El chico naranja es alegre como un chico amarillo pero más sonriente; el chico amarillo opta por dormir, el chico naranja sale a bailar.
El chico azul siempre quiere que le besen las heridas; cuando un chico es naranja aprende a coser para ponerse rodilleras.
Mientras que los chicos verdes tienen los pies planos, los chicos naranjas andan de puntillas. Son un poco patosos y a veces se caen (pero se levantan tan rápido que tienes que hacerle un fotograma para poder verlo, por eso es tan complicado).

¿Qué hace el chico naranja?
El chico naranja casi nunca llora y cuando llora lo hace con su aparato-palpitante en la mano y todos vemos que está llorando de verdad, porque su ventrículo izquierdo así lo muestra.
El chico naranja es capaz de hacerlo todo y a veces se come un poco de mundo (un pedazo de Bangladesh, por ejemplo), pero lo hace sin querer y porque tiene muchas ganas.
El chico naranja a veces pregunta cómo se pronunciaba “amor” y dan ganas de reírse, porque el torpe no sabe que siempre lo anda silbando a todo el mundo, letra por letra y de distintas formas; siempre la misma palabra. El chico naranja es como un abrazo que si aprietas un poco más se te sale ya el disfraz de humano.

¿Quién es el chico naranja?
Yo creo que el chico naranja es lo más cerca que he estado de la inmortalidad, pero es tan consciente de cada minuto, que parece que los roba de los relojes que se paran.
Si cierras los ojos y dices su nombre, sólo puedes verlo con una sonrisa. Y aprietas los párpados porque quieres ver todo aquello que esconde en las rodillas, pero no puedes... ¡y qué frustrante resulta encontrarle!
Sobretodo porque siempre va pegando saltos y cuando crees que puedes alcanzarlo se pone a trepar, a volar o qué se yo. Es que el chico naranja no tiene ninguna consideración con la gravedad ni con cualquier ley física. 
Y por eso ha tenido tantos problemas.
Y por eso no tiene problemas.

¿Dónde está el chico naranja?
Es fácil: esperad por la mañana cuando vuestra madre os de un mimo exprimido en zumo y os obligue a beberlo rápido (por aquello de las vitaminas), mirad fijamente una puesta de sol (pero sólo si es en silencio); buscad entre los gatos al que algún día fue (menos mal que se puso las botas y empezó a ser humano) y por último, también lo podéis encontrar en el boli con el que jugamos a encontrarnos.  

¿Que hace tan especial al chico naranja?
Pues que no lo sabe, 
nunca lo ha sabido. Y dan ganas de gritárselo pero el miedo de mancharlo de otro color siempre obliga a mantener el silencio.
Es por eso que a veces pienso, que aunque fuera capaz de mantenerse quieto, no nos atreveríamos a hacerle cosquillas: es mejor mirarle
                                                           c r e c e r
                                                           r
                                                           e
                                                           e
                                                           r


martes, 13 de enero de 2015

A Dafne ya los brazos le crecían y en luengos ramos vueltos se mostraban

Yo ya no estoy enamorada de ti, pero si me esfuerzo puedo volver a estarlo.
Es sencillo, imagina por un momento que no soy una persona. Ahora ya no tengo piel, tengo corteza. Ahora no necesito comer ni dormir, sólo crecer hacia el sol.
Cuando te conocí era un pequeño brote de lo que ahora soy. No medía más de metro y medio y estaba forzando mis cimientos para poder asegurar que no me derrumbaría. Tú llegaste como un arroyo pausado, lleno de vida.
Al principio estiré mis raíces; quería solo acariciarte. Con el tiempo comprendí que era más fuerte bajo tu corriente. Sentía cómo mi corteza se iba endureciendo y poco a poco dejé de ser ese palo lánguido. Sin darme cuenta se estaban alargando mis ramas. Las aves se acercaban a buscar hogar mientras yo me preocupaba por seguir alimentándome de la cristalina agua. Cansadas de su canto sin eco, cambiaron su melodía por ruido. La cálida primavera empezó a secar tu vitalidad y mis enormes pies estaban tan inundados en la tierra que ya no podía salir a respirar, ni siquiera a buscar una nueva fuente.
Perdida dentro de mí, me instalé en cuentos que empezaban con finales, chupando gotas de charcas fangosas, hidratándome exageradamente, casi por gula emocional. Siempre con la boca seca. Pasé estaciones empeñada en mirarme el suelo, en mirarme el pasado y en responder a mi pregunta con una respuesta forzada.
Entonces, el destino me picó en la sien. El maldito pájaro carpintero y su séquito de voladores insistían en hacerme ver por encima de la tierra.
Prometo que no sabía que era posible una vida fuera de mis márgenes. Prometo que no esperaba que la soledad pudiera guiarme tanto. Prometo que la libertad me agujereó a mí y que no fui yo la que levantó rizomas para buscarla. Ocurrió: las hojas se asomaron. Fue la curiosidad por saber cómo serían mis frutos y el querer ver mucho más allá de las copas lo que hizo que, en lugar de colmar de nostalgia lo perdido, arrancara una sonrisa a mis conquistas.

Me muero de alegría triste al comprender que hay infinitos que siempre quedarán en mi pasado y que es mejor no hidratarlos en el presente.
Me muero de alegría triste al aceptar que de ti manarán muchos momentos radiantes en otras naturalezas.
Me muero de alegría triste porque te has apoderado de la palabra bondad.
Me muero de alegría triste porque algún día yo también me marchitaré, me cortarán el tronco, o no sobreviviré a esta catástrofe meteorológica a la que llaman vida…
Pero puedo estar segura de que la alegría la hace uno mismo, y yo no pienso morir triste.



Ilustración: Marte

sábado, 27 de diciembre de 2014

Misunderstanding all you see

-Mamá, creo que estoy enamorada- sentencia Paula mientras su madre separa su cabello en tres mechones.
- ¿Ah, sí?- no levanta la mirada del pelo de su hija.
- Sí, mamá. Estoy enamorada y esta vez va en serio.- Paula frunce el ceño- No es como cuando tenía cuatro años.
- Claro, ya tienes cinco.
- Claro y me he enamorado como las chicas mayores. Como tú. Mamá, ¿cómo te enamoraste de papá?
Paula gira la cabeza en un intento de mirar a su madre. Ésta la vuelve a colocar en la posición inicial, con firmeza pero sin perder dulzura.
-Mamá, cuéntame cómo conociste a papá.
Su madre mueve las manos con agilidad componiendo la trenza. Su mente empieza a pasear por los recuerdos de un pasado remoto. Como si de una película de los ochenta se tratara, empieza a ver su vida como mera espectadora ajena a la obra.
Se ilumina levemente una habitación amplia. Es el salón de una casa con decoración rústica. La sala está dividida por una barra de madera que permite ver el interior de la cocina y una fila de innumerables botellas. Varios chicos juegan a mezclar líquidos que finalmente acabarán bebiendo demostrando su hombría y que acabarán recordando las próximas veinticuatro horas. En el tocadiscos suena una vieja canción de los Blue Brothers. Los adolescentes mueven sus cuerpos de un lados otro. Unos llevan en su mano una cerveza, otros llevan vasos con el más variopinto de los alcoholes. Están bastante esparcidos.
En una esquina de la sala un chico con barba negra y ojos rasgados baraja las cartas. Tiene las mangas remangadas y mueve sus dedos con rapidez invitando a la chica que tiene en frente. Ella, como respuesta, se coloca bien las gafas y señala una. Horas después sería la que le haría magia a él con un beso.
También con gafas, un chico mira fijamente un cuadro en el centro de la sala. Las personas pasan por su lado sin que él se inmute. Tiene los ojos expectantes. Le propinan un empujón desde atrás que hace caer sus gafas cuadradas. Segundos después sonríe. “Ya lo entiendo todo”.

Momo está sentada en la moqueta blanda. Tiene frente a ella sus pies. Los ladea al ritmo de la música. Aparentemente se diría que está aburrida pero anda disfrutando de su propia compañía. Mueve los pies como si fueran un reloj: tic-tac “esta es mi canción favorita de los Blue Brothers” tic-tac.

Liberto suelta una carcajada. Uno de los presentes le sugiere que saque la guitarra. Todos le secundan. Liberto no tiene ganas. Está sentado en sofá rodeado de sus amigos. La guitarra está debajo de la mesa bajita que tienen delante. Siguen insistiendo y recoge la guitarra asqueado.

Alguien levanta la punta del tocadiscos rayando la superficie del vinilo.

Mientras, Liberto ha acabado de afinar la guitarra. Empieza a tocar varias notas de una conocida canción. Todos se sonríen y la cantan al compás desafinados. Algunos se pasan los brazos por encima y bailan medio borrachos. Liberto frunce el ceño mirando los acordes. De repente, tiene una sensación extraña y levanta la cabeza.
Justo en frente, una chica le mira fijamente. Tiene el pelo castaño y corto, a la altura de la barbilla. El flequillo parece querer acariciar sus cejas. Lleva un vestido ajustado de rayas blancas y azules y le llega por los tobillos. Lleva un calcetín más alto que otro y unos zapatos marrón. En la mano izquierda lleva un reloj negro. Alrededor del cuello descansa un collar con un ancla de plata que podría pasar desapercibida, pero que es lo primero que llamó la atención de Liberto. Sus labios rojos parecen asqueados. Están rodeados por dos lunares (uno encima y otro en el mentón) que, curiosos, danzan por su cara. Tiene unas largas pestañas curvadas que enmarcan su mirada fija en él, tranquila, desafiante.

Ha parado de sonar la canción de los Blue Brothers. De repente el reloj mental de Momo ha dejado de funcionar. Ha soltado un reproche cuando todos se han puesto a cantar una de esas horribles canciones que todo el mundo conoce, pero que nadie debería conocer. Momo se ha levantado del suelo, ha visto cómo su pequeño ritual silencioso se ha visto invadido por el ruido ajeno. Ha buscado culpables y lo ha encontrado a él.
Justo en frente, en chico levanta la cabeza y la mira. Tiene el pelo negro y muy liso. Parece algo despeinado, los mechones caen por su frente y algunos le acarician la nuca moviéndose cuando él ha levantado la cabeza. Tiene los ojos muy oscuros y grandes. Responden curiosos a la mirada que ella le lanza. Enseguida deja de mirarla y vuelve a fijarse en las cuerdas de su guitarra. Tiene los labios y la nuez muy marcados. Es extremadamente delgado y de su oreja izquierda (la única que ella alcanza a ver, dado que él está mirando la guitarra) está perforada por dos diminutos aros de plata. Sigue tocando un buen rato y de vez en cuando levanta la vista para mirar a Momo. Le regala media sonrisa para hacerla rabiar y sigue tocando.
Momo levanta una ceja.

Cuando a Liberto le empiezan a doler los dedos deja el instrumento bajo la mesa. Momo se coloca frente al tocadiscos y cuidadosamente lo hace funcionar.
Liberto la mira de reojo. Ya son menos que antes, y los que quedan en la sala no están muy sobrios. Momo se sienta de nuevo en la moqueta, en la posición inicial. Comienza a mirarse los pies “living is easy with eyes closed...”
- ¿Alguna vez has fumado? - Liberto le regala media sonrisa. Ella niega molesta – prueba esto. Te va a gustar.
Momo mira al horizonte, intenta que note sus intentos de ignorarle. Liberto se sienta a su lado. Huele a leña quemada. Sigue sonriendo mientras estira las piernas. Empieza a mover los pies al compás y se pone a cantar. Tiene la voz ronca y grave.
Momo gira bruscamente la cabeza para mirarlo. Él deja de cantar y da una calada.
- Aunque quizás no te guste. Puede que sea demasiado fuerte.
Ella se lo arrebata de las manos y lo aspira un par de veces. Minutos después tiene los ojos terriblemente rojos.
- Creo que es la primera vez que entiendo esta canción
Liberto suelta una carcajada


-Pues verás cariño. Es una historia muy larga. Resulta que tu padre y yo trabajábamos juntos en la misma oficina y un día él llevaba puesto unos cascos con el volumen muy altos y estaba escuchando una canción de mi grupo preferido: The Smiths- sentencia Momo colocando una gomilla en el pelo de su hija y dando por concluida la trenza, la conversación y Strawberry Fields.






miércoles, 24 de diciembre de 2014

Nenúfar y Amapola

La Amapola y el Nenúfar son dos flores que tienen poco de ver, y que a su vez tienen un atractivo único, personal e independiente.
Imagen de Paula Bonet


Amapola es una chica con mucha personalidad. La dulzura la besó desde el principio. Sonreía y siempre decía “gracias” con educación. Amapola tiene colores fuertes porque esconde una fuerte personalidad y a veces sufre pensándose perdida en su propia identidad.
- Antes eras mucho más delicada- le dice su madre a veces. La pobre Amapola se cierra como una flor y decide jugar a tener espinas, nosotros la miramos a lo lejos y pensamos “cómo esta chica tan tozuda puede pensar que de verdad no es todo dulzura”. A veces es triste recordad ese momento en el que un zapato de la talla 42 le pegó un pisotón. Se enfadó mucho, y cuando por fin consiguió poner su tallo recto, una mano hizo ademán de arrancarla.
- Ni se te ocurra- dijo ella con voz tajante. Desde entonces sólo deja que algún abejorro ronde. Y sólo acepta la polinización de una avispa lejana. Nosotros la perdemos a veces cuando decide frustrarse. Cuando elige reírse coleccionamos momentos únicos. Ese razonamiento impulsivo y esa fuerza constante sólo pueden ser de la divertida de Amapola.

Nenúfar siempre está tanteando el agua, tropieza muchas veces y muchas veces se empapa de sus propios desastres. Nenúfar se mueve al ritmo del lago, y a veces el lago se permite el capricho de bailar al ritmo de ella. Nenúfar siempre se está riéndose. Se reía delante de los sapos que se posaban en su barriga y se reía de las libélulas que pasaban volando. A veces se me rompe un poco el corazón recordando a aquél sapito verde que le rompió un pétalo -¡cuánto le costó recomponerse!- desde entonces Nenúfar aceptó que quizás el estanque no era lugar para flores tan delicadas y que prefería que una libélula viviera en su capullo antes de que un anfibio la destrozara. Nenúfar sigue sonriendo, pero aún guarda fuerza para zambullirse en el lago cuando lo ve.


Es adorable poder contemplar estas dos flores a lo lejos, es maravilloso sentirlas parte de mi jardín. Me encanta poder hacer perfume de ellas y llevarlo en mi vida.

viernes, 5 de diciembre de 2014

¿A alguien le importaría dejar de llamarme por mi nombre?

He de confesar que tengo pérdidas dispares de identidad:
A veces el tomate me sabe a fresco y a veces odio respirar por encima del agua.
Otras veces encuentro mi madriguera en un hostal, donde jamás podría administrar mi cordura.
El concepto se vuelve insano y me tira del pelo. Me recorta las pestañas jugando a que son mi papel.
A que mi papel es ponerme delante de toda ese concepto inadecuado de existencia y actuar como si no fuera un holograma de lo que quiero ser; normas ortográficas, normas de tráfico, la ley ordinaria y todos esos deseos de comprender, de actuar comprendiendo lo inexistente. Coloreamos lo invisible para convencernos de una realidad tan abstracta como improvisación dramática.
Jugamos a discutir nuestra creación, nuestra coexistencia por defecto. Dueños supremos de la mentira de vivir, de la ganancia efímera. Solemos caminar por la calle mirando al suelo, contando los pasos que nos alejan de la certeza de que no somos.

- Yo soy. Yo soy porque yo como, bebo, beso.

Bobo. La necesidad nos reafirma en esta matemática de la vida, en esta incoherencia de repetir palabras, expresiones, de usar las letras que encajen con ese corto cinematográfico que trata de un caracol que estornuda. Es divertido, porque nos convencemos de la climatología del entorno del molusco, que ni siquiera es un caracol, y su estornudo es sólo una actuación para plasmar una realidad que nunca es tan concreta como narramos.
Así me siento, en el precipicio, colgando las piernas. Mirando la gente pasarme por encima para saltar. Escuchando como no saben, cómo solo sufren sensaciones y experiencias, cómo la frustración sale de nuestra piel para alimentarse de nuestra carne putrefacta. Facta, facta, facta.
Es que estas luchas sin gong son muy tristes, porque nadie sabe cuando toca aplaudir. Es que me veo en medio de la oscuridad blanca. Veo cómo os acostáis con vuestra propia soledad y por la mañana le pedís que se vista de novela romántica. Me pido a gritos no dejarme acompañar por el absoluto. Comprendo mi incomprensión. Susurro que mañana, mañana puede ser el día, que ayer no estuvo tan mal, y que hoy vamos a aprender.
Mi secuestrador ha decidido desatarme, el amor ha decidido que ya es hora de ser autosuficiente. Padezco un horrible síndrome de estocolmo al sentirme parte de algo tan real como el pasado. No quiero salir de esta casa, quiero ser explotada por la dulzura del sentimiento.
Tanteo la corteza terrestre, el magma de lo que no es. Los estudios superiores de cultura y compresión banal, espiritual, intransigente.
JAZZ desordenado. Cabellos engominados. Unas manos que moldean la duda epíteta del hombre. Torpes. Torpes engreídos que levantan la cabeza. Que no tienen cosquillas pero son quisquillosos. Vértigo de todo, ancla ausente. Las posibles vidas de la reina en la jugada de ajedrez.
Doctor, la hemos perdido. ¿Cómo decías que te llamabas?

Ay, ya no lo sé.

domingo, 16 de noviembre de 2014

Qué hacer cuando pierdes tu vida ganándola

- ¿Te acuerdas de esta armónica? Me la regaló papá cuando cumplí los ocho años.
- Claro que me acuerdo, cómo olvidarla. Eras terriblemente insoportable, no dejabas de tocar la misma melodía... Qué digo yo, la misma nota.
- Es cierto, sólo tocaba una nota y me negaba a probar otra.
- Además no era una nota usual. No era un do o un re... Creo que era un sol sostenido. Sonaba terrible.
- ¡Y tú te ponías tan nerviosa!
- Sí, claro. Tenía ganas de matarte. Había cumplido los quince años y pensaba que eras completamente estúpido. Recuerdo una discusión que tuvimos. Estuviste llorando toda la tarde y papá  me castigó en mi cuarto. Me pasé el tiempo escuchando Kiss y pensando que verdaderamente todos estabais aliados contra mí y que ellos  eran completamente estúpidos por no quitarte la armónica.
- Recuerdo ese día con mucho dolor...
- ¿De veras?
- Es que dijiste cosas terribles... Algo así como que os pasabais la vida aplaudiéndome como si estuviera haciendo una obra de arte cuando verdaderamente no estaba haciendo absolutamente nada. Esas son palabras muy duras para un niño. Soltaste sin compasión que estabais aplaudiendo al vacío, que te sentías como en un estadio en el que el público aplaude la intención de alguien que está quieto.
- Caray, cómo te acuerdas.
- Claro que me acuerdo, me acuerdo perfectamente. La primera decepción con la vida y con uno mismo no se olvida tan fácilmente. Me sentía avergonzado y sentía que tú no estabas orgulloso de mí.
- Vaya... Cuánto lo siento... Era sólo una cría.
- Sí, y dejé de tocar, ¿te acuerdas? No volví a ver ese maldito instrumento. Y pensar lo ilusionado que estaba... Era en esa época cuando dejaste de salir con aquél chico tan extraño... Aquél que tenía un piercing que a mamá no le gustaba.
- Lo recuerdo, siempre que podía le decía que estaría mucho más atractivo sin él. Nuestra madre siempre tan sutil...
- Es cierto. No sé si lo recuerdas, pero te pasaste meses llorando con un dramatismo exagerado. Cuando llamaba a la puerta de tu habitación siempre decías que nadie te entendía. 
- Lo pasé muy mal, era mi primer amor.
- Estuviste tanto tiempo llorando que pensé que tenía que hacer algo y encontré un método. Como estaba cansado de ver las armónicas en los dibujitos animados pensé que no sería tan difícil aprender a tocarla. Estuve practicando todas las notas para encontrar la melodía exacta. El Sol sostenido se parecía tanto a tu llanto... Además, como siempre llorabas por el mismo motivo pensé que podría ayudarte el detalle que sólo tocara una nota. Estuve días preocupado en perfeccionar el sonido, en hacer que te hiciera sentir acompañada.
Quería que supieras que yo no te entendía, pero que podía llegar a entenderte si me dejabas. Quería que supieras que no importa quién te quiera en una etapa, que no importa quién aparezca en tu vida por casualidad, que no importa que derrumben todo lo que has construido. Porque yo estaba dispuesto a aprender a llorar contigo. Porque eres mi hermana mayor, porque siempre he admirado todo lo que haces y porque si pudiera, habría calmado todo tu dolor. Pero a ti no te bastaba eso... Tú sólo pensabas en las demás notas que creías que yo aún era incapaz de tocar. No eras consciente de todo el esfuerzo que estaba detrás del sol sostenido, de nuestro sol sostenido; de la capacidad que has hecho en mí de sostener el sol para que puedas verlo siempre ahí estático, en nuestro cielo.


Este diálogo puede ser una acumulación de palabras mal montadas
o puede tratarse de una vida.

Puede que nos sintamos identificados con alguno de los personajes,
o puede que seamos un reflejo de ambos.

Si le echo imaginación puedo verme en el lugar de ese hermano pequeño que -lleno de ilusiones y amor- acaba dolido. Pobre hermano pequeño que piensa que todo lo que ofrece desde la bondad y la gratuidad va a ser acogido.
¿Pobre o afortunado? Se me antoja esa pregunta cuando me veo fascinadoa por la certitud de saber que la historia no acaba aquí, ¿o es que creéis que el niño dejó de amar a su hermana lo más mínimo? Está claro que no hizo eso.
Buscó otra manera para hacerla feliz sin descanso. A él no le importaba todo lo molesto que pudiera parecer, porque no tenía elección. Cuando uno quiere de verdad no tiene la elección de decir “ya basta, estoy cansado”. Porque el objetivo no es conseguir una medalla conmemorativa, un premio Nobel del amor. La gran preocupación es regalar todo lo que se tiene llegando más allá, regenerándose en busca de nuevas salidas para ayudar con lo posible y lo imposible. Nada más importa.
Y cuando el hermano pequeño ve al fin la alegría de su hermana se siente dichoso y en paz. No le importa ser él el motivo, no le importa poder satisfacer su ego reflejado en ella. Le preocupa lo simple, porque así son los niños; porque así es el amor.




Por otra parte, por una parte mucho más terrible; también he sido la hermana mayor. Me he creído reina de mi caos, incomprendida, sufridora de lo que los demás han decidido hacer con mi vida, víctima de un mundo en el que me han pegado sin preguntar.
Es entonces cuando, en mi habitación a oscuras alguien abre la puerta para prestarme ayuda y yo me incorporo enervada. Veo un resquicio de luz y prefiero revolcarme en la facilidad de mi autocompasión. La tranquilidad de sentirme reina y diosa de mi miseria; querer que se aleje todo lo que pueda modificarla.
Muchas veces he cerrado ventanales de luz solar simplemente porque pensaba que mi luz estaba encerrada en esa bombilla ya fundida. He despreciado un amor gratuito por querer sentirme realizada con un amor complicado y divertido. Divertido hasta que me doy cuenta de que me han prometido que una bombilla puede alumbrar mi vida para siempre.
Entonces me siento estúpida y avergonzada y siento que no merezco que nadie me salve de mis monstruos.
Entonces me doy cuenta de que mi hermano haría cualquier cosa por mí y siento que no lo merezco y que no lo mereceré jamás.
Y no me lo niego.
Es obvio que nunca voy a merecer el amor, porque el amor no es merecido, es regalado. No es un aplauso hecho sentimientos, es un abrazo hecho vida.

domingo, 2 de noviembre de 2014

Déjame pintarte

No puedo evitar un cosquilleo cada vez que recuerdo la historia del niño que pintó el mar.
Era verano, el sol bañaba toda la costa. Los inocentes chicos se pasaban el día saltando las olas, guardando la arena entre sus uñas con la intención de construir un castillo en el que reinar. Corrían tras una pelota a la orilla, escuchando el mar cantar; apretaban las palas y golpeaban con fuerza. A veces volaban cometas con los pies en el suelo pero siempre mirando alto, alto, <<¡alto!>> gritaba esa señora, esa mujer, esa mamá que iba tras los niños. Todos se sentaban, comían bocadillos con sabor a sal y arena porque -aunque mamá los cuidaba de eso- era inevitable.

- ¿Por qué yo no tengo bocadillo?
- Porque tú no puedes tomar eso, mi amor.

Y el niño que pintó el mar se enfadaba porque quería ser como los demás, quería jugar, correr, saltar, comer. Pero había otros planes para él. Su misión era perfilar las lágrimas, sombrear esa carcajada resonante que sigue bailando por nuestra cabeza, tenía que teñir muchas vidas. Pasó su tiempo pensando que el hambre que tenía se podría haber curado de no haber sido celíaco. Pero no. 
No, mi querido Marcos. 
El hambre de vida no se sacia nunca. Pero tú has sabido calmarla aunque los folios se te quedaban pequeños, el papel te parecía escaso y te pasabas horas estudiando la manera de sacar el grafito y meterte dentro de un diminuto lápiz gastado.
Como ves, era inevitable que, viviendo en el planeta azul -donde cerca del 70 porciento de la superficie terrestre y aproximadamente el 65 porciento del cuerpo es agua- fueras elegido para pintar el mar.
Pobre Marcos, parece que la tierra no le es suficiente y ha tenido que ir a amarte. Quiero decir, a Marte.


Foto de sineestesia.