domingo, 23 de abril de 2017

Trabajo TRANSMEDIA

Querído Augusto:

He estado todo este tiempo pensando, planteándome cuál era el problema y por qué no podía llevar a cabo mis sueños de forma natural y desarrollada. Después de debatir, sentada en la soledad silenciosa del que no comprende, he llegado a una conclusión. 

Se me exige como ser humano (y ante todo como mujer) un requisito indispensable: que sea hermosa. No se me pide que tenga sensibilidad para comprender el arte, ni empatía para comprender el sufrimiento del otro, tampoco inteligencia para utilizar menos tiempos y recursos. Mi existencia y utilidad quedan basadas en una belleza (en muchas ocasiones inalcanzable). 

La desgracia que me ocupa es precisamente que no he llegado tiempo para ser guapa. Durante muchos años he cambiado todo lo que me fue físicamente posible cambiar (mis brazos raquíticos ahora muestran las curvas del club de tenis, mis piernas delgadas tienen la suficiente fuerza como para llegar al monte más inhóspito de la ciudad, mi tez está saturada de cremas naturales, y mi pelo perfectamente ordenado, planchado y nutrido con las mejores marcas de cosméticos). La pregunta es, ¿me sirve todo esto? ¿He podido llegar a algún lado dedicando mi esfuerzo y tiempo a descubrir que soy imperfecta? No. Solo me ha impedido caminar en otras direcciones. 

No creas que voy a entristecerme y a quedarme inmóvil en el sofá, viendo en los programas televisivos como otra gente obtiene una fama sin haber trabajado por ella. Yo tuve la suerte de contar con un apoyo inmenso y he de devolver toda la energía puesta en el cariño de quererme. Estoy hablando de ella, que desde que aún era pequeña y ya destacaba por mi "mayor defecto" siempre tuvo la capacidad de hacer oídos sordos. No solo ignorar, también defenderme con argumentos y con el más sincero amor que una madre tiene reservado para sus hijos. Por esto, no me atrevo a conformarme con mi incapacidad. Digo mía pero no lo es. Es vuestra, sale de vosotros en mi dirección. Es inmerecida y no la pienso asumir con la cabeza agachada. No voy a permitir que este circo en el que me metisteis sin preguntar, me impida llegar a lo más alto.

Además, con el tamaño que tienen mis orejas, si las extiendo de forma correcta, quien sabe si podré llegar a volar. 
Ícaro se moriría de envidia.