sábado, 21 de febrero de 2015

La historia de los naufragios de bañera

Metió temerosa su huesudo pie en la bañera. Tenía la piel curtida con un par de cicatrices que la habían elegido a para el abrazo.
"¿Y si el amor es como el agua?" pensaba vagamente.
Notaba las gotas paseando sin timidez, el líquido abarcándola. Como sí de repente cupiera en un beso o una cáscara de nuez.
Una imagen nubló su mente y recordó su sonrisa, cuando entonces aquel pez pequeño empezó a besarle los pies.
Se sentía viva, única, especial. Sentía que estas tres palabras se las había empapelado y regalado con ternura. Parecía que la vida no le reprochaba cosas que nunca había hecho y que siempre había sufrido.
"Haré cualquier cosa por ti" dijo ella clavando la barbilla en el suelo.
"¿Qué haces? Dame la mano" dijo aquel pececito besándole la nariz. 
Ella quedó tan sorprendida de la bondad que estornudaba aquel pez que lloró en la bañera: curada, dañada y naufragada de sí misma. Temblaba de alegría junto a aquel pez que crecía.
Poco a poco se vio en el espejo. Se sorprendió al notar que verdaderamente, en los ojos de otro, su rostro escondía una identidad.
Y una caricia.
Y los besos de pronto tenían eco. Y sonaba a eternidad.
"Parece que realmente soy alguien" se sentenciaba ella con terror. Entonces sonaba la música del ahora.
Guardaron las canciones de los años cincuenta. Se empezó a preguntar con curiosidad si podría adaptarse a otra vida y le abrió la rendija al tiburón blanco.
"Yo puedo salvarlo" se dijo.
El pececito cedió a su pesar. Le besaba la punta de los dedos. Ella reía.
El tiempo hizo que no cupieran en sus vidas. El tiburón nadaba en círculos dispuesto a conseguir. Era un tiburón tan ciego como seguro; y claro, decidió devorar al pez.
Ella lloró, lloró un lago y se agarraba el estómago porque mantener la cordura era un deseo roto.
Cedió al poder del tiburón y decidió empezar una de esas historias que ya están acabadas.
Esquivaba mordiscos y se dejaba llevar por un mar de dudas. Jugaba a que el amor era como perder a las cartas y que las cartas no tenían remitente.
Se recomponía de pedazos perdidos en el camino.
Cruzaba los dedos en su espalda cuando le obligaban (bajo pena de colmillos, bajo chantaje de besos) amor verdadero.
Se veía irreconocible, desenfocada de su pasado y de su propia concepción.
Un verano al sol escapó. Se dio cuenta de que no dejaba nada atrás. No quería mirar la espiral que habían dejado sus tragedias como huellas imborrables.
El tiburón vomitó al pez. Pero el pez ya sólo sabía conjugar en pretérito imperfecto.
Por primera vez se puso a nadar; conforme nadaba notó que esos profundos dolores, esos sujetos se igualaban.
Los dos eran ballenas.



Dibujo y Grafiti realizados por Marcos Barrientos

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