jueves, 18 de julio de 2013

m a g i a

A veces te preguntas ¿para qué estoy aquí? ¿para qué vivo?
Son cosas de humanos. Paseas, mueves la cucharilla dentro de la taza de café, te sumerges en la bañera, lees historias increíbles, ves en el cine películas impresionantes, te sientas en una repisa y ves las personas pasar. Te preguntas por sus deseos mas inhóspitos, sus problemas, sus secretos ocultos. Pero ¿realmente te importa? ¿realmente hay algo claro en la vida?

Es entonces cuando en cualquier cruce, en cualquier acera, en cualquier esquina, plaza, sala, salón, habitación, piscina, baños, playa... ocurre.
Aparece. 
Esa es la palabra. Exquisita y maldita a la vez. Aparece. Y aparece porque tu no lo buscas. Tu no imaginabas que algo así pudiera ocurrirte. No, a ti no.
Suceden entonces unos ojos. Ojos redondos o rasgados, grandes o pequeños, saltones o hundidos. Verdes, azules, celestes, grises, negros, marrones, castaños, miel. No importa el color, no importa la forma.
Lo importante es que, con una mirada
han conseguido decirte algo inexplicable,
algo que llevabas buscando toda la vida
(y sin saberlo)
entonces, perdona que te diga, pero te haces esclavo.
Porque los buscas. Buscas esos ojos donde no los vas a encontrar.
Tienes la oportunidad de rendirte ante esa locura traidora o de seguir jugando a esta vida sin color. Tienes la oportunidad de soñar o de vivir. Ser tu mismo o ser lo que los demás esperan de ti. Mirar el precipicio o saltar. Enamorarte... o ser feliz


- Vigo, Pontevedra.- 

Estas foto son mías. 
Si las quieres, pídelas, pero NO las robes.

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